Historia General del Pueblo Dominicano Tomo II
378 (O KDWR JDQDGHUR \ OD JDQDGHUtD HQ 6DQWR 'RPLQJR GXUDQWH HO VLJOR XVIII UiSLGDPHQWH DGXFtDQ GLYHUVDV H[FXVDV FRQ REMHWR GH TXH VH OHV H[LPLHUD GH la pesa correspondiente. Todos eran trucos para retener el ganado propio y tratar de comercializarlo en la colonia francesa, pero las evasivas no siempre prosperaron. 157 En el peor de los casos, cuando fallaba alguna pesa se recurría D ORV KDWRV SUy[LPRV D OD FLXGDG GH 6DQWR 'RPLQJR DXQTXH QR HUD XQD PHGL - da del agrado del patriciado capitalino por cuanto suponía ceder parte de esta importante reserva de reses. 3HUR VDOYR FDVRV DLVODGRV UHSHWLPRV QXQFD GHMDURQ GH VDFULÀFDUVH DQL - males en el matadero de la capital. Las críticas a la escasez revelan más un deseo egoísta de imponer la obligatoriedad de la pesa y de impedir el enri- quecimiento de los hateros del interior en su comercio con Saint-Domingue TXH OD E~VTXHGD GH DOWHUQDWLYDV HQ ORV SHUtRGRV FUtWLFRV ([WUDxD OD FDUHQFLD de carne cuando podía contarse con el ganado de El Seibo —villa que nunca H[FXVy ODV SHVDV H LQFOXVR VH PRVWUy GLVSXHVWD D DXPHQWDUODV³ \ GH ORV KDWRV de las autoridades civiles y eclesiásticas de la ciudad de Santo Domingo. Con ocasión de una tardanza en la llegada de ganado, los capitulares Damián del Castillo y Antonio de Coca y Landeche suministraron juntos más de 1,000 reses desde sus respectivas haciendas e igual hicieron otros munícipes. 158 En cuanto a los religiosos, nos consta que poseían abundante ganado y que al menos en Santiago, cuando fue necesario, contribuyeron generosamente y es de suponer que así también actuaron en otras poblaciones. 159 El envío de ganado a Santo Domingo no era un buen negocio para los criadores del interior. La oligarquía capitalina había descargado sobre ellos cada vez más imposiciones: debían alquilar al Cabildo las carretas para la FRQGXFFLyQ GH ODV UHVHV VDFULÀFDGDV GHVGH HO PDWDGHUR D ODV FDUQLFHUtDV tenían que aportar las hachas y tajos de los matarifes, con el consiguiente dispendio, pues aderezar un hacha costaba cinco reales de plata —y había que hacerlo tres veces al mes—, un hacha nueva valía dos pesos y un tajo cinco o seis pesos, etc. 160 Todas ellas cargas muy gravosas, quizás improcedentes y de dudosa legalidad. De alguna forma se contribuía a engrosar las arcas PXQLFLSDOHV \ D ÀQDQFLDU OD PHMRUD GH OD FDSLWDO FRQ HO WUDEDMR \ HVIXHU]R GH personas no residentes en ella y que preferían, en todo caso, que ese dinero repercutiese en su propia ciudad y no en otra ajena. /RV PXQtFLSHV MXVWLÀFDUiQ OD H[LJHQFLD GH HVWDV FRQWULEXFLRQHV HQ HO GHVHR de encontrar unos recursos que abarataran el precio de venta de la carne. Si esto podría ser cierto para los vecinos de Santo Domingo, no ocurría lo propio con los ganaderos del interior sobre quienes recaían los citados gastos. Pues incluso a veces, si el situado no llegaba en tiempo y forma, se les obligaba a ingresar en las Cajas Reales parte de lo percibido por la venta de las reses para
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