Historia General del Pueblo Dominicano Tomo II
372 (O KDWR JDQDGHUR \ OD JDQDGHUtD HQ 6DQWR 'RPLQJR GXUDQWH HO VLJOR XVIII ciudades. Por un lado, y debido a la lejanía de la capital (80 leguas), solían TXHGDU H[HQWDV ODV YLOODV GH %iQLFD H +LQFKD HVWD DGHPiV DOHJy HQ GLYHUVDV ocasiones epidemias de gusanos, ataques de perros jíbaros y robos de anima- les como obstáculos insalvables para cumplir con su obligación, 120 e incluso obtuvo sentencias favorables de la Audiencia cuando se intentó forzarla a contribuir con una cuota de reses vivas. 121 Por otro se encontraba Santiago, GRQGH DO SDUHFHU HO JDQDGR DOOt H[LVWHQWH VROR SHUPLWtD HO DXWRDEDVWHFLPLHQWR pues sus vecinos eran también muy numerosos. Pero en cualquier caso las tres poblaciones debían cooperar con la remisión de carne salada. 122 Ahora bien, este planteamiento básico se prestaba a un sinfín de fraudes y engaños a medida que el comercio de ganado con los franceses fue incrementándose. Durante los siglos XVI y XVII los ganaderos de las localidades más alejadas de Santo Domingo ya se mostraron reacios al envío de sus reses a la capital. Algunos de los motivos alegados ya se han señalado con anterioridad: el mal estado de los caminos, la pérdida de animales por despeñamientos, devora- GRV SRU DOLPDxDV R DKRJDGRV DO YDGHDU ORV UtRV ODV ODUJDV WUDYHVtDV TXH HQÁD - quecían a las bestias haciéndoles perder peso y valor a la hora de la venta, etc. Pero la causa real tenía sus fundamentos en el bajo precio otorgado al ganado HQ ODV FDUQLFHUtDV GH 6DQWR 'RPLQJR \ HQ HO SLQJH EHQHÀFLR TXH ORV FULDGRUHV del interior obtenían intercambiando ilegalmente las pieles de las reses por mercancías europeas que transportaban los navíos comerciantes de franceses, ingleses y holandeses que recalaban en las abundantes caletas insulares. 7DQ H[WUDRUGLQDULR FRPHUFLR GH FRQWUDEDQGR IXH XQD GH ODV FDXVDV GH las Devastaciones de 1605-1606. 123 Es cierto que los ganaderos podrían haber enviado los cueros a Santo Domingo para negociarlos con los mercaderes hispanos, pero la intermitente comunicación con la Península y el bajo pre- cio que se pagaba por el producto forzaban a los criadores a buscar otras alternativas. 124 Por diversas razones, sin embargo, la ciudad de Santo Domingo no podía ni se mostraba dispuesta a prescindir del abasto de ganado. En primer lugar, porque el suministro de carne era imprescindible para el mantenimiento de la población. En segundo, porque ello suponía un control sobre la producción ganadera del resto de ciudades, al tiempo que mostraba su preeminencia im- SRQLHQGR OD REOLJDFLyQ GHO HQYtR GH UHVHV \ OD ÀMDFLyQ GH XQ SUHFLR RÀFLDO GH YHQWD (Q WHUFHUR SRUTXH HUD XQD HÀFD] IRUPD GH HQFDX]DU WRGR HO FRPHUFLR de cueros y el de los productos de intercambios obtenidos con las transaccio- nes (harinas, tejidos, etc.) a través de la capital, de modo que esta se convertía HQ HO ~QLFR FHQWUR H[SRUWDGRU LPSRUWDGRU GH OD SDUWH HVSDxROD GH OD LVOD 3RU ~OWLPR SRUTXH VH FRQVHJXtD TXH ORV KDWRV \ KDWLOORV SUy[LPRV D OD FLXGDG GH
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